Historia y Ciencias Sociales
América Latina
Albert Einstein
Clima Americano
Método Histórico
Historia como Ciencia
La Infosociedad
Educación Chilena
Poblamiento Americano
América Precolombina
Descubrimiento y Conquista de América
Emancipación Americana
CANADÁ
BOLIVIA
CHILE

URUGUAY
PARAGUAY
Conflictos I
Conflictos II
Valparaíso
América Latina

América Latina

Introducción

Latinoamérica o América Latina, en sentido amplio, todo el territorio americano al sur de Estados Unidos. En sentido más estricto, Latinoamérica comprende todos los países que fueron colonias de España, Portugal y Francia. Dado que los idiomas de estos países provienen del latín, el término Latinoamérica ha servido para designar a las naciones que fueron sus colonias en el Nuevo Mundo.

Este subcontinente americano, a pesar de tener características propias, en cuanto a su morfología y climas, los que favorecen que sea rico en recursos naturales, tiene el problema que ha acarreado desde el siglo XIX, que es ser el patio trasero de la superpotencia americana, Estados Unidos, pues aunque algunos en menor medida, los países latinoamericanos dependen económicamente de este poderío americano anglosajón. Desde inicios del siglo XIX, Estados Unidos fomentó los movimientos de independencia de Latinoamérica, para así deshacerse él mismo de la amenaza que significaba tener a España involucrada con el continente. Sin embargo, desde entonces, la dependencia, hasta social, no tan sólo económica, de los países de América Latina, ha alcanzado niveles exacerbados. A principios del siglo XX, el intervencionismo norteamericano llegó al punto de invadir países centroamericanos y caribeños como Nicaragua, Panamá y hasta Cuba. Ante esto, América Latina alzó la voz, e inició un violento proceso de revolución, donde los movimientos socialistas y comunistas de la región tomaron el poder para oponerse al capitalismo de Estados Unidos. Para eso se creó la OEA (Organización de Estados Americanos), en la Conferenciad e Santa Fe de Bogotá, Colombia en 1948; organismo el cual debía velar por el bienestar de la región americana, y por sobre todo de la en vías de desarrollo. Sin embargo, estos regímenes socialistas terminaron por dejarse llevar por las políticas internacionales de Estados Unidos, siendo sólo Cuba y Venezuela, los opositores férreos a esta potencia continental.

América Latina, Características del Relieve y su Clima.

Relieve

El relieve y estructura geológica de Latinoamérica presentan grandes contrastes que resultan de la antigüedad y disposición de las rocas y de la altitud, posición, continuidad y complicación de sus formas principales.

La geología ayuda a explicar la formación y evolución del relieve, y localiza una gran cantidad de recursos de valor económico para el hombre: minerales, fuentes de energía, aguas subterráneas, etc. Algunos recursos renovables: suelos, vegetación, aguas superficiales, de una u otra forma están también condicionados indirectamente por las características de las rocas de la corteza terrestre. De igual manera las instalaciones humanas están influidas por la composición de los minerales del subsuelo. En las regiones sísmicas de Latinoamérica y en las regiones formadas por rocas permeables, donde el agua puede convertirse en un bien escaso, este rasgo es muy importante. Por otra parte, la geología proporciona los materiales de construcción que el hombre utiliza para condicionar su hábitat.

Las formas del relieve y sus rasgos concomitantes impresionan por la magnificencia de los Andes a través de 7.500 km.; la extensión de las tierras orientales, especialmente de la macrocuenca amazónica, la dislocación de los relieves centroamericanos y antillanos; la altura el “techo” de América Latina (altiplano de Bolivia); la valiosa riqueza minera que existe en las montañas antiguas y recientes, y la enorme potencialidad de recursos de las tierras bajas, todavía en proceso de colonización.

En términos generales, en todas partes los relieves montañosos o accidentados tienden a separar a los países y son difíciles de transformar por la actividad humana; en cambio, las tierras bajas facilitan la vida de relación y el poblamiento. En América Latina, esta injerencia de las formas del terreno en las actividades humanas es relativa y ha dependido de la respuesta de cada pueblo a sus distintas posibilidades históricas. Así por ejemplo, los Andes, y la altiplanicie mexicana fueron escenarios de brillantes civilizaciones prehispánicas. Del mismo modo, algunas de las extensas tierras bajas tropicales o templadas, y de las mesetas con adecuada base de recursos, son excelentemente aprovechadas, como es el caso de la Pampa. Otras aún más vastas, permanecen hasta hoy día como espacios vacíos o áreas de baja densidad de población, como la cuenca del Amazonas y del Orinoco, y la Patagonia Austral.

El relieve Latinoamericano se puede diferenciar en diversos esquemas geomorfológicos como: Relieves del Área Mexicana, América Central y las Antillas, y Suramérica.

Relieves del Área Mexicana; En la parte norte de México se halla la altiplanicie mexicana, que en su parte extrema es una meseta árida, que es la continuación de las estructuras y formas que caracterizan el sudoeste de Estados Unidos. Aquí encontramos dos formas importantes del relieve: La Altiplanicie Central y la Sierra Madre , Oriental y Occidental.

Relieves de América Central y las Antillas; En esta parte de América Latina, la orografía es muy compleja, ya que representan una transición entre las formas del norte y el sur de América. Destaca sólo la Cordillera Neovolcánica de Centroamérica, que se extiende hasta las Antillas intermitentemente.

Relieves de Sudamérica; El principal rasgo geomorfológico de este subcontinente, es el gran contraste que existe entre las tierras altas y recientes de la cordillera de Los Andes, en las cercanías de la costa del Pacífico, y las formas amplias y más bajas que dominan en la parte oriental. Entre las estructuras morfotectónicas se pueden contar: El Macizo de Brasil , La Meseta de las Guayanas , La Cordillera de los Andes , y Las Llanuras Aluviales .

Clima

El desarrollo en latitud, la disposición de las grandes unidades del relieve, y especialmente del sistema andino, la influencia de las corrientes marinas y de fenómenos atmosféricos constantes como el papel de las altas presiones y de los vientos alisios o transitorios como los ciclones, determinan una notoria diversidad de climas en América Latina.

Sin embargo, como la mayor extensión de las tierras queda en la zona intertropical, en gran parte del subcontinente predominan los climas cálidos como promedio anual superior a los 18º C y con diferentes niveles de pluviosidad, según presenten o no una estación seca más o menos definida. Esta característica marca una gran diferencia con América anglosajona, donde predominan los climas templados. Al estudiar la población mundial se puede analizar las dificultades específicas que plantea el medio ambiente tropical, al poblamiento permanente y los elementos de fragilidad ligados al clima que afectan la existencia cotidiana de los hombres en las regiones cálidas y lluviosas.

El relieve andino es un factor importante en la diversidad de los climas meso y sudamericanos, actuando como una gran divisoria climática la Cordillera de Los Andes, la que separa las influencias determinadas por la circulación general de los vientos, y condiciona fenómenos tan impresionantes como la diagonal árida que individualiza climas deficitarios de humedad en latitudes muy distintas. En el mismo medio tropical, la altitud de los Andes facilita la clasificación de medios climáticos que tiene una importancia fundamental para la biogeografía y actividades humanas y económicas en los países trasandinos.

Las influencias generales de la circulación atmosférica de baja altitud y de las corrientes marinas de distintas características térmicas, contribuyen, igualmente, a reforzar o atenuar los rasgos propios de los climas derivados de la latitud. La correlación entre la corriente de Humboldt y el desierto chileno-peruano, es probablemente el ejemplo más significativo.

La gama de climas templados prevalece en el Cono Sur Latinoamericano, y condiciona un medio tradicionalmente favorable a los hechos de ocupación humana. Pero sin duda, los ecosistemas templados y las actividades controladas en forma estrecha por el clima, como la agricultura, la ganadería y la forestación, son notablemente complementarias de aquellas que ocurren en América Latina tropical.

En nuestro subcontinente se diferencian esquemáticamente las siguientes gamas climáticas: los climas tropicales, los climas áridos y semiáridos, los climas templados, y los climas andinos.

Climas Tropicales; se distinguen dos grandes tipos de climas tropicales: el Clima Ecuatorial y El Clima Tropical con Estación Seca.
Climas Áridos y Semiáridos; se identifican dos zonas áridas típicas en el norte de México, y en la costa del Pacífico de Sudamérica, entre los 5 y los 30º de Latitud Sur. Se denominan Climas Desérticos y Semidesérticos, respectivamente.

Climas Templados; Predominan en el cono sur de América Latina, distinguiéndose por lo menos tres variedades: el Clima Templado Húmedo de la Pampa, Clima Mediterráneo o Templado Cálido, y el Clima Templado Oceánico .

Climas Andinos ; se superponen longitudinalmente a todas las demás zonas climáticas, y su rasgo esencial deriva de la influencia de la altitud.


América Latina y la Economía Actual de la Región.

La mayor movilidad de capitales privados durante la década de los noventa ha dado lugar a una extensa discusión respecto de sus efectos sobre los países emergentes. Por un lado, es evidente que un mayor ingreso de capitales debería potenciar el crecimiento económico de los países de menor desarrollo relativo. Por el otro, la volatilidad que caracteriza a ese flujo de capitales incrementa las posibilidades de que se desencadenen crisis. Por lo tanto, el desafío es aprovechar el flujo de capitales al mismo tiempo que reducir los impactos negativos de su volatilidad.

La discusión se ha centrado en el conjunto de políticas que tendrían ese efecto. Las mismas podrían agruparse de la siguiente manera:

a) Restricciones a la entrada de capitales de corto plazo por parte de los países emergentes. Se han discutido distintos mecanismos para evitar la volatilidad de los capitales de corto plazo, tales como la imposición de impuestos inversamente proporcionales al plazo de permanencia de estos capitales en los países emergentes. El tema es especialmente relevante para aquellas economías con sistemas financieros relativamente débiles y que no han avanzado demasiado en la liberación del movimiento de bienes. Ejemplos exitosos durante un cierto período de tiempo serían los de Chile, Colombia y algunos países del sudeste de Asia. La duda que se plantea en la actualidad es respecto de la verdadera eficiencia de estos instrumentos a medida que la globalización —y con ello la sofisticación— de los mercados de capitales avanza.

b) Mejorar las regulaciones financieras en los países desarrollados, en especial respecto a la magnitud del apalancamiento del capital y a la evaluación del riesgo. Estas recomendaciones fueron el resultado del efecto que la crisis rusa tuvo sobre las instituciones financieras de los países desarrollados con alto nivel de exposición.

c) Aumentar la transparencia de las cuentas públicas, las cuentas externas y del sistema financiero de los países emergentes, con el objeto de evitar situaciones como las de México y parte del sudeste de Asia, donde el sector privado no contaba con información adecuada. Estándares, códigos y mejores prácticas son los términos más utilizados en esta discusión. En este campo los avances de los últimos años han sido especialmente importantes.

d) Sostenibilidad de la situación macroeconómica. Países con elevados desequilibrios fiscales, altos déficit en cuenta corriente y elevados vencimientos de corto plazo de sus obligaciones externas o fiscales están usualmente más expuestos a la volatilidad de los mercados de capitales. Las recomendaciones en estos casos son obvias, aunque los instrumentos, en especial con relación al sistema financiero, pueden variar en cuanto a su complejidad y sofisticación.

e) Fortalecimiento de los sistemas financieros. La experiencia muestra que las crisis se potencian cuando los sistemas financieros son débiles en términos de liquidez y solvencia. Las recomendaciones son aumentar los requerimientos de capital y de liquidez, a la vez que se penaliza o directamente se prohíben excesivos desfases temporales entre activos y pasivos de las entidades financieras. En este tema la discusión más relevante es hasta donde se avanza con las regulaciones prudenciales, de manera de evitar que un sistema excesivamente sólido y líquido no sea a su vez excesivamente costoso y por lo tanto poco funcional para el financiamiento del proceso de desarrollo.

En algunos de estos aspectos se ha progresado considerablemente aunque todavía es mucho lo que queda por hacer. Avanzar en los mecanismos de prevención es la manera más eficiente de reducir eventuales problemas de liquidez y solvencia y por ello de evitar situaciones traumáticas. También es cierto que esos mecanismos de prevención deben ser contrastados con su impacto sobre el crecimiento económico. Por ejemplo, el mantenimiento de superávit importantes en el sector público o excesivos requerimientos de capital y liquidez en el sistema financiero pueden reducir las posibilidades de crisis pero, al mismo tiempo, conspirar contra el crecimiento. Sin embargo, más allá de todo lo que pueda hacerse para prevenir las crisis, la experiencia muestra que es muy difícil —sino imposible— evitarlas. Por lo tanto, es necesario, además de avanzar en su prevención, discutir cuál es la mejor manera de enfrentarlas en caso de que las mismas ocurran.

De hecho, durante los últimos años, y en particular desde la crisis asociada con la devaluación del peso mexicano, se ha comenzado a discutir intensamente en distintos foros respecto de la necesidad de participación del sector privado en los casos en que un determinado país muestre dificultades para hacer frente a las obligaciones emergentes del pago de su deuda. El tema no es por cierto nuevo, ya que el sector privado “ha participado” en numerosas oportunidades a lo largo de la historia financiera del mundo en procesos de reestructuración de la deuda. El caso más cercano y conocido es el de la reestructuración de la deuda en varios países de América Latina durante la década de los ochenta.

Sin embargo, existen varias razones que hacen que el debate tenga características especiales en la actualidad. La más importante de ellas es el notable crecimiento de los mercados de capitales durante la última década. La virtual desaparición de los bancos como financiadores de los países y su reemplazo por tenedores de bonos, ya sean fondos de inversión o de pensión, compañías de seguro o inversores particulares, genera una complicación considerable al momento de pensar en procesos de reestructuración de la deuda.
Por otra parte, una diferencia relevante respecto de la década los ochenta y las crisis previas, es que hasta mediados de los años noventa no existió una intervención masiva de los organismos internacionales de crédito con el objetivo de evitar una cesación de pagos. En este sentido, es evidente que el salvataje de México en plena “crisis del tequila” inició un nuevo estilo, el de los paquetes “jumbo” de asistencia financiera. Más allá de la importancia estratégica de México para Estados Unidos, hay tres elementos que explican esta nueva etapa. En primer lugar, los movimientos de capitales crecieron mucho más rápidamente que las cuotas de los organismos internacionales de crédito y en particular del Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que provocó que las disponibilidades de financiamiento de estos organismos quedaran desactualizadas y, por ende, hubiera que recurrir a operaciones especiales —en términos de la cuota de los países en dificultades y de la intervención directa de los países desarrollados— para enfrentar situaciones de crisis. En segundo lugar, la experiencia de los años ochenta fue especialmente traumática para América Latina en términos de tasa de crecimiento y una nueva cesación de pagos podría haber iniciado un proceso similar. Finalmente, es probable que la profundización del proceso de globalización de los mercados de capitales hubiera producido un contagio mayor, inclusive fuera de la región. Ello como consecuencia de que, al menos en ese entonces, los acreedores no hacían una diferencia sustancial en cuanto al riesgo de la deuda de los distintos países emergentes.

Más allá de los motivos que dieron lugar a este comportamiento, lo cierto es que el megapréstamo de México no sólo inauguró una etapa, sino también una nueva discusión en el ámbito internacional: el bail-out del sector privado y el riesgo moral asociado al mismo. Ese tema y la falta de recursos de los organismos internacionales de crédito para varios eventuales “megapréstamos”, es lo que está detrás de las propuestas que tienden a involucrar al sector privado en la resolución de situaciones de crisis relacionadas con la deuda en los países emergentes.

Esas propuestas van desde una participación relativamente menor del sector privado, hasta casi la eliminación de los préstamos de los organismos internacionales y el tratamiento de situaciones críticas de la deuda soberana de un modo similar a la convocatoria de acreedores de una empresa privada. Aun propuestas que hablan de la necesidad de un prestamista de última instancia, consideran de forma tan limitada su función, que la misma se convierte en prácticamente inexistente.

Es evidente que estas propuestas, en caso de aplicarse, pueden tener un impacto más que relevante en los flujos de capitales hacia los países emergentes. De hecho, podrían generar situaciones similares a las dificultades que un banco tendría para atraer a los depositantes después de una reestructuración de sus depósitos, o las que posiblemente tendría si otras entidades del sistema lo hicieran.

La consideración de este tema tiene claros puntos de contacto con la discusión respecto de la reforma de los organismos internacionales de crédito, ya que dado un determinado papel de estos organismos en general y del FMI en particular, queda claramente delimitado el papel del sector privado en determinadas circunstancias. En el extremo, la casi eliminación del FMI y de los Bancos de Desarrollo, implícitas o explícitas en algunas propuestas, tiene un corolario evidente respecto de la participación de los agentes privados de financiamiento externo en situaciones de crisis. Sin embargo, ambos temas son claramente diferentes, ya que la reforma de los organismos internacionales necesariamente debe considerar, entre otros, temas tales como la condicionalidad y por ende las autonomías nacionales o los relacionados con el desarrollo económico, que poco tienen que ver con la participación del sector privado en situaciones de emergencia. En todo caso, es evidente que ambos temas forman parte de la agenda más amplia de reforma del sistema financiero internacional, que incluye como uno de los temas dominantes los problemas de solvencia y liquidez de los países en desarrollo. Los problemas asociados al riesgo moral y al riesgo sistémico han sido dominantes en el análisis de las crisis financieras nacionales durante el último siglo, de la misma manera que hoy día son los ingredientes más relevantes de la discusión de las crisis financieras internacionales. Para entender lo principal de esta discusión, es conveniente comenzar el análisis por los temas asociados a los problemas de liquidez y solvencia, y las consecuentes recomendaciones de política económica ante situaciones de ese tipo. A partir de allí, y en el resto de este capítulo se evalúa la relevancia del riesgo sistémico y riesgo moral, y en qué medida los mismos pueden afectar las decisiones de las autoridades monetarias. Realizado este análisis, se avanza en las similitudes y diferencias con las crisis financieras internacionales y, por ende, en que medida las enseñanzas en el plano nacional se pueden extender al escenario internacional.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo, en 1989 residían en ciudades más del 70% de la población de Uruguay (88%), Chile (84%), Argentina (81%), Venezuela (79%), Brasil (74%), Colombia (72%) y México (71%). Según la misma fuente, entre 1981 y 1989, la tasa de crecimiento de la población urbana fue del 3,1% (para el mismo período, la tasa de crecimiento de la población rural fue del 0,5%). En la actualidad, unos 316 millones de personas, aproximadamente 3 de cada 4 latinoamericanos, viven en zonas urbanas, mientras que en 1960 sólo era uno de cada dos. En todos los países el mayor crecimiento poblacional se produce principalmente en una ciudad, que casi siempre es la capital. Es interesante anotar que, si bien el flujo migratorio rural hacia las ciudades no se ha detenido, en la actualidad el crecimiento urbano se produce más por el incremento natural de la población, que por dicho flujo. En las ciudades se manifiestan con extremo dramatismo las diferencias sociales a las que ya hemos hecho referencia anteriormente. Así, no lejos de armoniosas urbanizaciones de gran lujo, se agolpan miserables zonas marginales de crecimiento desordenado. Las inversiones urbanas en zonas populares han sido de muy reducida cuantía en comparación con las efectuadas en zonas comerciales, industriales o residenciales de alto nivel. De esta desatención pública han nacido mecanismos de auto-ayuda y supervivencia que van desde la conexión ilegal al tendido eléctrico y las conducciones de agua corriente, a las agrupaciones que con carácter cooperativo colaboran en la construcción de vivendas, o la puesta en marcha de servicios de transporte, salud o educación (a menudo con la colaboración de organizaciones no gubernamentales de desarrollo locales). A pesar de estos esfuerzos de los pobladores, las condiciones de vida en estas zonas marginales, aunque mejores en muchos casos que las existentes en zonas rurales, son con frecuencia extremadamente penosas: ubicación junto a vertederos o en zonas insalubres, carencia de agua corriente potable y de servicios higiénicos básicos, lejanía de los centros de trabajo, periódica expulsión violenta de terrenos ocupados, presencia de redes delictivas, etc. Por último, la economía informal juega un papel sin duda importante que posibilita la supervivencia, ya que se estima que ofrece trabajo remunerado a un 35% de la población activa latinoamericana. Sin embargo, esta economía al margen de la legalidad implica a menudo un sinfín de arbitrariedades y abusos que no pueden ser sancionados legalmente (jornadas laborales largísimas, condiciones de trabajo insalubres, precariedad laboral, jornales reducidos). Tales abusos parecen condicionar la viabilidad futura de dicho sistema económico del que se beneficia tanto la economía formal como las propias arcas del estado.
En momentos de crisis, los problemas de información se potencian, poniendo de manifiesto la fragilidad de los mercados financieros y provocando que a los ahorristas les resulte complicado discernir la verdadera situación de solvencia de las entidades financieras. Por lo tanto, ante los riesgos de pérdida de sus activos, los inversores pueden decidir “correr” sobre las entidades financieras, sin evaluar las características particulares de cada una de ellas. Teniendo en cuenta los problemas asociados a una situación de riesgo sistémico, en términos de caída del nivel de actividad económica, desempleo e incorrecta asignación de recursos es que, en muchas oportunidades, las autoridades han decidido mantener una entidad con dificultades de solvencia, ya sea mediante préstamos o mediante su venta, a pesar de que la operación signifique costos al gobierno o al conjunto del sistema financiero.
Una solución parcial al problema planteado es aumentar la cantidad y transparencia de la información respecto del estado de las entidades financieras, y bastante se ha avanzado en este terreno. Asimismo, se han planteado alternativas a las redes de seguridad usuales de los sistemas financieros modernos a partir de la experiencia de los clubes de bancos usuales a comienzos del Siglo XX. De cualquier manera, debe tenerse en cuenta que, en situaciones de crisis financiera, mucha información puede ser contraproducente, dado que ello puede producir una crisis financiera que de otra manera podría haber sido evitada. La necesidad de mayor transparencia como medida prudencial es especialmente relevante en momentos de normalidad del sistema financiero. Obviamente, las propuestas respecto de la actitud a seguir por parte de las autoridades monetarias se complican cuando los problemas de liquidez y solvencia no pueden distinguirse con claridad y cuando, como sucede habitualmente, es difícil determinar los riesgos sistémicos que la desaparición de una entidad puede producir sobre el resto del sistema. En el intento de evitar situaciones de riesgo sistémico, la intervención de las autoridades genera problemas de riesgo moral, es decir, la creencia por parte de los ahorristas de que, más allá de la calidad de una determinada institución financiera, las autoridades van a actuar de manera tal que ellos recuperen sus depósitos. Obviamente esta situación genera ineficiencias en la asignación de los recursos, ya que posibilita que se asigne ahorro en actividades no rentables. Éste es el caso donde los ahorristas colocan recursos en un banco que asigna mal sus créditos (por ejemplo, excesiva cantidad de préstamos de alto riesgo) y que ofrece rendimientos superiores al conjunto del sistema. Excepto en casos “puros” de liquidez, que analizaremos más adelante, es evidente que los préstamos a los bancos crean problemas de riesgo moral, afectando así negativamente la asignación de recursos. Veamos este tema en mayor detalle. El salvataje de bancos crea dos tipos de riesgo moral: el de los ahorristas y el de los bancos. Como mencionamos anteriormente, si los ahorristas se convencen de que sus ahorros no corren peligro, van a estar dispuestos a orientar sus recursos adonde obtengan mayores retornos, independientemente del riesgo —el que por definición no existe. Por su parte, los bancos con proyectos más riesgosos —aún con similares tasas de retorno— van a estar dispuestos a pagar más por sus depósitos en la medida en que piensen que, en caso de situaciones adversas, no van a tener que hacer frente al pago de sus pasivos. La ausencia de disciplina de mercado potencia este comportamiento, ya sea en término de la cantidad de entidades financieras que puede intentar adoptar comportamientos similares, como así también respecto a los incentivos que genera para la aparición de negocios directamente fraudulentos. Por lo tanto, es evidente que una garantía total —explícita o implícita— de los depósitos no es en absoluto aconsejable. El problema de riesgo moral de los ahorristas es de difícil solución. Una estricta disciplina de mercado exigiría que los mismos tengan pérdidas en caso de dificultades de una entidad. Más allá de temas de equidad y de costos de la información que permiten hacer una distinción entre clientes por el monto de sus depósitos, lo relevante es como tratar el caso del riesgo moral de los depositantes y, a su vez, tener en cuenta el riesgo sistémico que puede ocasionar la caída de una entidad. En estos casos, las soluciones extremas (corner solutions) no parecen adecuadas. La eliminación absoluta del riesgo moral exige un compromiso de las autoridades de no intervenir en ninguna circunstancia. Teniendo en cuenta las dificultades para definir casos de liquidez puros, este criterio debiera aplicarse aún en casos en que los problemas puedan percibirse como de liquidez. Además, esta solución deja a las autoridades sin instrumentos en caso de que se perciba los riesgos de una crisis sistémica. La experiencia usualmente citada de los Estados Unidos durante el siglo diecinueve y comienzos del veinte, cuando la ausencia de un prestamista de última instancia llevó en muchos casos a que la banca privada tomara ese papel, difícilmente pueda tomarse como un caso a seguir, teniendo en cuenta las veces que el sistema financiero tuvo que cerrar sus puertas por períodos prolongados de tiempo. Por su parte, la protección de los ahorristas en todas las circunstancias soluciona el problema de riesgo sistémico, pero genera problemas de equidad y de incorrecta asignación de los recursos. La magnitud del problema se reduce sustancialmente si, en el caso de salvataje de los ahorristas, las autoridades monetarias no adoptan un criterio similar respecto de los banqueros. Ello puede lograrse mediante la liquidación del banco o, en el caso que se decida mantenerlo abierto, mediante el desplazamiento de sus directores y la pérdida por parte de los accionistas de todos sus derechos económicos sobre la entidad. Si, además, este comportamiento se refuerza con multas económicas y sanciones penales para los directores, se puede decir que el riesgo moral asociado a actitudes imprudentes de los bancos debiera virtualmente desaparecer. Para ello también es necesaria una superintendencia que sea capaz de detectar problemas tempranamente, dado que si existiera riesgo moral de los ahorristas, los bancos podrían asumir conductas imprudentes por un tiempo con la esperanza de revertir la situación, ya que tendrían financiamiento mientras dure la “aventura”. En todo caso, lo que nos muestra más de un siglo de controversia respecto a la conveniencia de la intervención de las autoridades para salvar a una entidad financiera o, al menos, a los ahorristas de la misma, es que la decisión siempre debe tener en cuenta, además de la cantidad de fondos involucrados, el costo de los mismos y el impacto macroeconómico, los dos riesgos más relevantes: el riesgo moral y el sistémico. Lo complicado de la decisión es que, en muchas ocasiones, privilegiar uno de ellos implica costos en términos del otro. Dado que los ahorristas están tomando decisiones basados en percepciones respecto del futuro, es claro que cualquier apoyo de las autoridades a una o varias entidades influencia esa percepción. Sin embargo, debe de tenerse en cuenta que estamos en presencia de varias distorsiones en los mercados financieros y, por lo tanto, la política tendiente a eliminar una de las distorsiones, por ejemplo el riesgo moral, no es siempre la óptima. Es decir, la política económica se mueve, en ésta como en otras áreas, en un mundo donde lo relevante es la teoría del “segundo mejor”. Una solución intermedia requiere la posibilidad de actuar con cierta discrecionalidad. Ello permite reducir sustancialmente el riesgo moral, porque no hay certezas respecto de cual sería la actitud de las autoridades, a la vez que deja abierta la posibilidad de intervenir cuando se entienda que hay altas probabilidades de riesgo sistémico. A diferencia de ello, la existencia de reglas, ya sea en cuanto al monto a prestar o el plazo del crédito crea una sensación de “cuenta regresiva” que incentiva la corrida.
En lo que respecta a los temas de liquidez y solvencia, creemos que debieran aplicarse criterios similares a los mencionados cuando discutimos los problemas de crisis de los sistemas financieros nacionales. Ello implica que en casos claros de liquidez tiene que haber, en principio, un apoyo sin condiciones. Es decir, cuando exista un problema de liquidez debiera haber una línea que pueda desembolsarse en forma automática, del tipo de la Línea de Crédito Contingente (CCL) del Fondo Monetario Internacional. Esta línea no debiera tener más condicionalidad que el país esté cumpliendo con un programa del FMI o que, sin estar bajo la cobertura de un programa, haya cumplido satisfactoriamente con las revisiones propias del artículo IV del convenio constitutivo del FMI. De cualquier manera, aquí hay una diferencia importante en el nivel internacional que merece una consideración especial. La misma tiene que ver con la ausencia de un organismo supranacional que tenga alguna capacidad de sanción, como ocurre con los sistemas financieros nacionales. Ello lleva a que, a diferencia del ámbito nacional, donde los problemas de liquidez pueden ser acotados con una adecuada regulación, por ejemplo en lo que respecta al descalce de plazos, en el nivel internacional ello sea imposible. Por lo tanto, los temas de liquidez a nivel país pueden ser resultado de la ausencia de una política más prudente desde el punto de vista regulatorio, por ejemplo respecto al endeudamiento de corto plazo. Si ese fuera el caso, se podría argumentar que la asistencia no debiera ser automática, sino en todo caso condicional a la modificación de las regulaciones existentes. En lo que respecta a los casos donde la solvencia está comprometida, se debiera considerar cuales son las medidas que el gobierno está dispuesto a tomar para mejorar esa situación, teniendo en cuenta que en algunas ocasiones las dificultades de solvencia son, como fuera mencionado, reversibles con políticas adecuadas. De aquí se desprende una propuesta similar en el nivel internacional que la que sugerimos en el ámbito nacional: se debe actuar con discrecionalidad, es decir, sin reglas absolutas con el objeto de reducir el riesgo moral, pero dejando abierta la posibilidad de actuar cuando se crea que existe riesgo de crisis sistémica. Más aún, teniendo en cuenta que en algunos casos los problemas de solvencia de los países son, a diferencia de las entidades financieras, más difíciles de determinar con precisión y reversibles en un plazo relativamente breve, se podría pensar que la discrecionalidad podría ser aún mayor y claramente atada a las medidas a implementar.


Sociedad y Cultura Latinoamericana, en el Siglo XIX y XX.

La economía y la sociedad crearon sólidos y permanentes vínculos entre América y Europa. Esto se expresó en las múltiples interrelaciones que establecieron los hombres de uno y otro lado del océano Atlántico. Ambos mundos paulatinamente empezaron a depender uno del otro, aunque el influjo de Europa en América fue mucho más visible. Los lazos económicos fueron los más importantes en esta relación, pues provocaron una marcada dependencia del mundo colonial americano respecto al Viejo Mundo. "Europa necesitaba la plata, y en menor medida el oro, de Indias, así como su mercado para colocar en él sus manufacturas. Iberoamérica, la urbana, se entiende, necesitaba las manufacturas europeas, sus utensilios y herramientas, sus hombres y su técnica. América llevaba la peor parte de aquel negocio en el que el propietario era Europa y ella sólo el socio capitalista. España se vio reducida al ridículo papel de intermediario". El mineral de plata americana que circuló por Europa fomentó la producción manufacturera y los intercambios, consolidándose de esa manera el capitalismo comercial en países como Inglaterra y Holanda. El mayor flujo de circulante agilizó las transacciones y ayudó a sustentar las guerras que emprendieron las naciones de Europa por motivos de política y religión.
La interdependencia económica de con la metrópoli, también se reflejó en la sociedad de la América colonial. No sólo se implantó una estructura social con características parecidas a las de la península, sino también la vida urbana intentó imitar los modos vigentes en la metrópoli. Los criollos, descendientes de los conquistadores y ubicados en la cima de la pirámide social, prefirieron mantener la rígida sociedad que habían heredado. De esta manera pudieron usufructuar de la mano de obra de los restantes grupos sociales y conservar sus privilegios, incluso después de la emancipación de comienzos del siglo XIX. La sociedad iberoamericana siempre miró hacia la península. De hecho, muchos de los movimientos sociales de los criollos contra los hispanos se realizaron para mantener un modelo tradicional y anacrónico que se veía amenazado por nuevas corrientes ideológicas. En España, y menos en Europa, no existió una sociedad americanizada. Las Indias sólo eran consideradas un trampolín para ascender en una carrera administrativa rentable o acumular riquezas. Salvo el importante consumo de algunos productos alimenticios, estimulantes o medicinales, los europeos vivieron al margen del mundo americano. Uno de los elementos que mejor refleja el peso del Viejo Mundo en América es la estructura urbana y el trasplante de costumbres y modas europeas. La mayoría de las ciudades fundadas por los conquistadores continúan siendo en la actualidad las más importantes y grandes urbes de América Latina. Muchos edificios públicos coloniales se mantienen como sedes de gobierno o ayuntamiento y las viejas calzadas españolas han subsistido como principales vías de tránsito. La interdependencia es especialmente notoria en la unidad lingüística que otorgó la lengua castellana a todas sus colonias. El idioma español alcanzó un gran desarrollo y se enriqueció con el aporte de infinidad de palabras de las numerosas lenguas indígenas.
La cultura hispanoamericana, unificada por medio del idioma y la religión cristiana, fue muy heterogénea. Ello se debió, por una parte, a la mantención de diversas culturas indígenas en el ámbito rural, y por otra, a la peculiaridad cultural de cada una de las regiones de donde provenían los españoles. Asimismo, la combinación de rasgos europeos, nativos y africanos desembocó en un sincretismo religioso y cultural que está en las raíces de la cultura popular de la moderna América Latina. Si bien en las ciudades encontramos una cultura de la minoría colonial de notoria raigambre europea, en la esfera local la cultura se desarrolló bajo cánones mestizos, indígenas y negros. Debemos destacar especialmente el papel que jugó la Iglesia en la conformación de una identidad cultural americana. El misionero acompañó al conquistador en todas sus aventuras, extirpando idolatrías y difundiendo la doctrina católica. El mundo indígena, a pesar de resistirse durante muchas décadas a la religión impuesta por los españoles, poco a poco incorporó elementos cristianos a sus creencias. Ello ocurrió especialmente en el área mesoamericana, donde los aztecas, tras la derrota militar, se consideraron abandonados por sus dioses. Así se explican no sólo la profunda religiosidad del pueblo mexicano en la actualidad, sino también el sincretismo expresado en el culto a la Virgen de Guadalupe. Aunque la acción de la Iglesia católica en América liquidó gran parte del universo religioso indígena, debemos a ella la conservación de importantes tradiciones y cultos que se practican hasta el día de hoy. Gracias a la vida y obra de innumerables clérigos, como el padre Bartolomé de las Casas o Bernardino de Sahagún, y al establecimiento de grandes misiones, dirigidas por diversas órdenes religiosas, podemos comprender la vigencia de muchas culturas nativas. Podemos concluir, entonces, que la interdependencia entre Europa y América abarcó todos los ámbitos del quehacer humano. En tanto Europa consolidaba una prolongada hegemonía a nivel mundial, América, marcada por la violenta interrupción de su propia historia, pasó a formar parte de una humanidad cada vez más integrada. La herencia colonial, con sus efectos negativos y positivos, se haya inmersa en este fenómeno.
Durante el siglo XX hubo un acelerado crecimiento económico, sobre todo en la década del 50 y 60 en los países americanos y europeos, inclusive los mas perjudicados en la segunda guerra mundial lograron un aumento productivo y económico. Ante eso se produce una gran expansión industrial, fundamentalmente en los EE.UU., país que no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transporte y comunicaciones en la gran guerra. Esto hizo que sacara ventajas en la competencia mundial, y de aquí que tenga gran preponderancia sobre los demás países. Esta preponderancia se basó en dos pilares:

a) La gran tecnología americana (made in América).

b) Su poderío militar.

Nacieron así las grandes corporaciones multinacionales, que en corto plazo, operaron en buena parte del planeta, a través de sus filiales. Aparecieron así industrias americanas, extractivas (de petróleo y minerales), farmacéuticas, de servicios, de hotelería y turísticas. También comenzó la Guerra Fría (competencia entre dos potencias con distintas ideología política), con su principal competidor, también ileso en la segunda guerra, la URSS. Esta guerra se centró en dos aspectos importantes:

a) La competencia en armamentos nucleares.

b) La carrera espacial.

A nivel social, este crecimiento económico, descansó sobre un importante aumento de consumo de gran parte de la población. Surgió una nueva forma de vida americana, el “american way of live”, que se convirtió en un modelo para el resto del mundo. El americano debía tener el mejor bienestar de vida posible. Este modelo se fue arraigando día a día con más fuerza en la clase media americana, y fue la TV la que permitió su difusión masiva. Se triplicó la producción de automóviles y de muebles hogareños. Los electrodomésticos fueron elementos indispensables en cualquier hogar americano. La televisión se extendió por todo el mundo. Se mejoró notablemente la atención a los clientes. Se discutió el concepto del servicio al cliente. Se comenzó a pensar en la seguridad social del ser humano, fundamentalmente en su ancianidad. Se deseaba lograr una protección desde la “cuna hasta la tumba”. Así se comenzó a ingresar a este mundo globalizado, a esta denominada por algunos como Sociedad de la Información, que supuestamente propende a la sociedad del conocimiento, que conlleva una tecnologización de la sociedad civil. A raíz de esta sociedad de la información, nace la llamada sociedad del consumo.

Con esta enorme sociedad de consumo de bienes y servicios, las empresas proveedoras, empiezan con una interminable lucha por ganar clientela. Para ello se recurre a la sociología y la psicología para analizar y comprender las necesidades y exigencias del mercado, y crear técnicas de ventas que logren penetrar en el consumidor. A este conjunto de técnicas, apoyadas en los diversos medios de comunicación, para la difusión del producto, se las denominó: marketing.

Como contracara a este alto consumo aparece una sociedad competitiva, individualista, de escasa de solidaridad y marcada con una insastifacción permanente. Como respuesta a esta nueva forma de vida, nacen dos grandes movimientos contraculturales; uno alrededor de la música, especialmente el rock, y los jóvenes hippies, quienes intentaron reemplazar la organización familiar por una vida comunitaria, rechazando toda integración laboral, y sistémica.

Todos estos movimientos, tanto los alejados del sistema, como los que llevaron a cabo una tecnologización de la vida, y guió a la sociedad hacia una sociedad de consumo e información, vinieron a afectar la vida social de elementos naturales, o nativos de cada región de Latinoamérica. El americanismo aportado por Estados Unidos, obligó a los gobiernos latinoamericanos a centrar sus políticas sociales al desarrollo, abandonando el interés por los sectores nacionalistas, apareciendo así focos guerrilleros en algunos países, sobre todo de la región andina (Ecuador, Perú y Bolivia), además de caribeños (como Haíti, Panamá y Nicaragua), que se vieron enfrentados a las fuerzas armadas nacionales por temas sociales, conflictos caudillistas, y que terminaran por implantar regímenes militares ante tanta violencia y barbarie desatada en la región a mediados del siglo XX, y preferentemente en la década del 70’.


América Latina, Situación Política en el Siglo XIX.


El liberalismo del XIX se hizo cada vez más conservador en el ámbito sociopolítico en tanto que sus programas económicos favorecieron el surgimiento y desarrollo de las clases medias y trabajadoras urbanas. En algunos países, especialmente Argentina y Brasil, la inmigración europea extensiva aceleró el crecimiento. Ésta organizaría partidos políticos más modernos para hacer frente a las viejas elites liberales. Las nuevas clases sociales exigieron cada vez más su participación en la vida política. Entretanto, la población rural continuaba viviendo en la más profunda pobreza y opresión, si bien elementos revolucionarios empezaron a aparecer en su seno a lo largo del siglo XX. La migración rural a las ciudades se convirtió en algo habitual y característico, a menudo creando extensos cinturones de miseria, y aunque se mantuvo la desigualdad en el modo de vida entre la ciudad y el campo, la producción agrícola continuó siendo el pilar de la economía de exportación de Latinoamérica. Las revoluciones, dirigidas y promovidas generalmente por las clases medias y apoyadas por los trabajadores y el campesinado descontento, tuvieron lugar en México, Brasil, Argentina, Guatemala, Bolivia, Cuba, Nicaragua y en otros países; en todas ellas, sus líderes adoptaron diversas ideologías emergentes (populismo, nacionalismo, socialismo).


El hecho de compartir un mismo idioma, una religión mayoritaria y una misma cultura, además de su situación de dependencia económica, es el principal factor de unión de la región, y ha significado un importante incentivo para que los países latinoamericanos establezcan estrechos vínculos culturales y comerciales. A mediados de la década de 1990, después de muchos años de recesión económica, se empezó a vislumbrar una notable mejoría en las condiciones y niveles de vida de la población. Al mismo tiempo, las juntas militares que habían gobernado en gran parte de los países latinoamericanos en las décadas de 1970 y 1980, fueron depuestas y reemplazadas por regímenes en proceso de democratización decididos a crear un futuro más próspero, a pesar de las graves carencias estructurales en toda la región.

Guerra de Independencia: lucha armada…guerra civil.

La Guerra de Independencia de los pueblos hispanoamericanos fue cruel, encarnizada, y puso de manifiesto las luchas internas de poder entre la élite criolla. La clase dominante se fraccionó en distintos grupos de poder: patriotas realistas, centralistas, federalistas, moderados, liberales y conservadores. Por ejemplo, en Chile, el Congreso Nacional estaba dividido en grupos: moderados e independentistas (encabezados por Bernardo O'Higgins ). En Venezuela, el Congreso Nacional mostró, también, diferencias entre los grupos políticos, sin embargo, los grupos a favor de la independencia dominaron. Francisco de Miranda y Simón Bolívar (ambos independentistas) organizaron, en 1810, la Sociedad Patriótica, con el fin de lograr la separación. Venezuela declaró la independencia en 1811, y redactó una constitución que adoptó la forma de gobierno republicano y federal, similar a la Constitución de Estados Unidos. Los conflictos internos y la movilización de las fuerzas españolas sofocaron y suprimieron la Primera República de Venezuela. Ante el fracaso venezolano, y las pocas posibilidades de lograr el apoyo de Nueva Granada para la recuperación de Venezuela, Bolívar decidió exilarse en Jamaica. En México, los sectores populares más afectados por las luchas entre criollos y peninsulares fueron los indios y los mestizos. Ante las pésimas condiciones sociales y económicas del campesino indígena, el padre Miguel Hidalgo se levantó en rebelión, en 1810. El Grito de Dolores inició la guerra de independencia de México. Este movimiento era esencialmente indígena y campesino, y careció del apoyo de los sectores dominantes como la iglesia y la elite criolla. Ante la derrota y muerte de Hidalgo, en 1811, José María Morelos retomó la lucha armada. Para 1813, éste convocó el Congreso de Chilpancingo, y planteó la independencia absoluta de México. La causa libertaria de Morelos quedó truncada, en 1815, al ser capturado y ejecutado.
En la región de La Plata (Buenos Aires), la lucha entre criollos y peninsulares se vio afectada por otra fuerza externa que ejerció presión sobre la región: Inglaterra. En los años de 1806 y 1807, La Plata fue ocupada por Inglaterra. Esta ocupación provocó una crisis en la administración colonial, pero, también, estimuló el espíritu nacionalista de los porteños, y puso de relieve la fragilidad del imperio español. La única colonia en Sur América que mantuvo la adhesión y lealtad a España fue Perú. Razones de tipo social y racial contribuyeron a este hecho: la clase criolla peruana prefirió mantener la lealtad a España ante el temor de una alianza entre los mestizos y los indios, que eran numéricamente superiores a ellos, pues dicha alianza podía poner en peligro sus intereses económicos y sociales. En el Caribe, Puerto Rico y Cuba también permanecieron leales a España. Sin embargo, en ambas islas, comenzó a perfilarse un movimiento a favor de la independencia. En Puerto Rico, por ejemplo, hubo una gran simpatía hacia la causa libertaria, y el pueblo puertorriqueño se negó a participar militarmente en contra de los hermanos latinoamericanos. Ante la solidaridad manifiesta de Cuba y Puerto Rico a la guerra de independencia, España decidió reforzar el sistema represivo en las islas con el fin de evitar levantamientos revolucionarios, y logró retener las islas.
Las colonias centroamericanas también se rebelaron contra España. De hecho, la primera provincia en declarar su independencia fue El Salvador. Al contrario de México, la rebelión centroamericana fue fundamentalmente elitista, y tuvo poca participación de los sectores populares. En 1823, el reino de Guatemala -compuesto por Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica- declaró la independencia y en 1824,se organizó la República Federal Centroamericana. No obstante, la República Federal Centroamericana enfrentó serias dificultades que la llevaron finalmente al rompimiento que dio origen a las naciones que conocemos hoy. Para 1815, parecía que el movimiento independentista de las colonias españolas había fracasado. En 1816, las fuerzas expedicionarias de Pablo Morillo reprimieron con dureza a Nueva Granada y Venezuela. A pesar de la reacción antirevolucionaria, comenzaron a resurgir fuerzas de resistencia, como las guerrillas. El movimiento independentista renació con el gran triunfo de la batalla de Boyacá, con el cual se liberó Nueva Granada, y se proclamó la formación de la República de la Gran Colombia, compuesta por Venezuela, Nueva Granada y Ecuador. Bolívar encargó la tarea de libertar al Ecuador al general Antonio José de Sucre , y ésta se completó en 1822.
Mientras la lucha bolivariana se recrudeció en el norte de Sur América, en Chile, las fuerzas realistas dominaban la región, y correspondió a José de San Martín la liberación de este país. En la batalla de Chacabuco, de 1817, San Martín derrotó a los españoles, pero fue en la batalla de Maipú cuando San Martín logró la independencia de la región. El triunfo revolucionario en Chile permitió el establecimiento de un gobierno encabezado por O'Higgins, y con su apoyo, San Martín preparó la campaña para conquistar Perú. En ese mismo año, Agustín de Iturbide, en México, proclamó el Plan de Iguala, que declaró la independencia de México. El encuentro de Bolívar y San Martín se produjo en Guayaquil. Como resultado de la entrevista, San Martín renunció a sus cargos, volvió a Chile, y emigró definitivamente a Europa, Bolívar recurrió a Sucre para la liberación del Alto Perú. La batalla de Ayacucho puso fin a las guerras de independencia, y, con la independencia del Alto Perú, nació Bolivia.
Al contrario de las guerras de Independencia de las colonias españolas, la independencia de Brasil no fue tan devastadora. Brasil se convirtió en la sede del gobierno portugués cuando Napoleón ocupó Portugal, y esta presencia fue importante en el desarrollo de la colonia: Río de Janeiro creció y se fortaleció económicamente, y Portugal permitió reformas económicas en Brasil que beneficiaron a los comerciantes brasileños. En el aspecto político, Brasil era regido como un estado autónomo; no obstante, en 1820, se produjo, en Portugal, un levantamiento que exigió la convocación a cortes y el retorno del rey Joao VI. Ante el retorno del rey, las cortes propusieron revocar el gobierno autónomo de Brasil, y esta situación provocó que el heredero al trono de Portugal, Pedro de Braganza -radicado en Brasil- se pronunciara en contra del gobierno de Portugal. Este determinó levantarse en rebelión, declaró la independencia, y se convirtió en el primer emperador de Brasil.

Efectos de la guerra

La lucha por la independencia tuvo serias implicaciones en los recién independizados territorios: la independencia no aseguró el fin de las guerras civiles, y los conflictos regionales se agudizaron luego de la guerra. Las tensiones sociales y raciales prevalecientes durante la guerra polarizaron las sociedades de los nuevos países. El poder político de las naciones independizadas fue débil, y promovió el desarrollo del caudillismo. Aunque la guerra terminó con el monopolio español, las naciones latinoamericanas quedaron a merced de la influencia económica de Estados Unidos e Inglaterra, que dominaban el mercado atlántico. Esto representó un problema adicional, pues el fuerte desarrollo económico de los norteamericanos resultaba demasiado competitivo para los países recién independizados. Además, en ellos, prevalecía un clima de confusión, desorganización e inestabilidad. Luego de la independencia, las naciones latinoamericanas atravesaron serias dificultades de tipo político y económico que más bien generaron la disgresión de los estados. Además, las potencias extranjeras (como Estados Unidos) veían con gran recelo la unidad latinoamericana, pues podía poner en peligro sus intereses sobre la región.
Después de la independencia, Guatemala buscó apoyo en México como aliado para poder mantener la oligarquía en el poder. Gabino Gaínza declaró su anexión a México e inmediatamente, Iturbide envió un ejército al mando del general Vicente Filísola, que fue muy bien recibido en la capital del reino. Pero se produjo una disensión: El Salvador se sublevó contra los mexicanos, y el ejército de Filísola se dirigió hacia aquella provincia, a la cual pudo someter. A la caída de Iturbide, Filísola volvió a Guatemala, donde la situación había cambiado, y se encontró muchos más partidarios de la separación de México y de una independencia total. Propuso convocar un congreso para decidir lo que había de hacerse. El congreso, reunido el 24 de junio de 1823 en Guatemala, declaró la independencia total. El reino de Guatemala pasó a llamarse Provincias Unidas de Centroamérica, y se nombró un gobierno provisional de tres miembros, encabezado por el doctor Pedro Molina, con la misión de redactar una constitución. Cuando se redactó la constitución, de influencia norteamericana, en noviembre de 1824, el país pasó a llamarse República Federal Centroamericana. Esta estaba formada por cinco estados, que tenían, a su vez, poderes ejecutivos, legislativos y judiciales completamente autónomos dentro de sus límites territoriales. Las luchas de las oligarquías provinciales para mantenerse en el poder, y la de todos contra el intento centralizador de Guatemala, donde residía el gobierno nacional, llevaron a la disolución de la federación. El presidente, Manuel Arce, y el gobernador de cada provincia (en Costa Rica, Juan Mora Fernández; en Nicaragua, Manuel Antonio de la Cerda; en Honduras, Dionisio Herrera; en El Salvador, Juan Vicente Villacorta; en Guatemala, Juan Barrundia), todos ellos pertenecientes a la oligarquía terrateniente, organizaron gobiernos provinciales fuertes y poco a poco fueron separándose del gobierno central. Nicaragua, Honduras y Costa Rica se declararon independientes en 1838, Guatemala, en 1839, y El Salvador se independizó en 1841.

Comienzo de la vida independiente

Al concluir el siglo XIX, América Latina quedó dividida en 19 naciones y unos territorios incorporados, inmersos en un proceso de formación de nacionalidades que se caracterizará por la violencia que generará la política de los recién nacidos países, en torno a asuntos tales como la anarquía, los gobiernos dictatoriales y la definición de fronteras. Prácticamente todos los países latinoamericanos, menos Brasil, tendrán conflictos de esta naturaleza. La inexperiencia política de los criollos, junto con las luchas civiles y la ambición imperialista de otros países, propiciará la intervención continua de potencias extranjeras como los Estados Unidos e Inglaterra. Esta intervención será el precio que habrá que pagar por irse incorporando a la economía mundial, y al capitalismo europeo, en especial, con Inglaterra.
Al concluir el proceso de liberación, cada una de las nuevas naciones se inició en el ejercicio de la vida independiente en circunstancias muy variadas. Por ejemplo, México sobresale por la complejidad y variedad de los problemas que tuvo que enfrentar, análogos a los que sufrió durante su vida colonial. Además, su posición geográfica lo coloca en una situación conflictiva, pues es, también, la frontera norte de América Latina, y el punto más propicio para la penetración de los países que quisieron apoderarse del control que había perdido España. En otros países, los procesos fueron menos intensos, más localistas, o más uniformes.
México, inicia su vida independiente bajo el imperio de Iturbide, en 1821 pero, en 1824, promulgó su constitución, y se creó la República Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Surgen dos bandos: los centralistas y los federalistas, quienes se debatirán el poder durante casi dos décadas. Durante la decada de 1830, ante la creciente inmigración de estadounidenses al territorio de Texas, el presidente Santa Anna ordena las fronteras texanas, por lo que surgió el conflicto de Texas: los texanos se declararon independientes, y Santa Anna atacó la región para reintegrarla a México.
Logró su primera victoria en El Alamo pero, más tarde, fue derrotado. Como resultado, Estados Unidos se apoderó del territorio de Nuevo México y la Alta California. En un segundo enfrentamiento, los norteamericanos invadieron México. El tratado Guadalupe-Hidalgo devolvió la paz: México cedió el territorio desde el Río Grande hasta el Pacífico, y recibió 15 millones de dólares como indemnización.
Tras años de continuas luchas por el poder, Santa Anna (caudillo del pueblo) respaldado por el clero y los grandes terratenientes regresó al gobierno, y se convirtió en dictador. Benito Juárez y otros líderes se rebelaron contra la dictadura de Santa Anna, quien fue derrotado y se exilió en Colombia en 1857. Surgieron nuevos ideales de reforma: separar la Iglesia y el Estado; secularizar la educación; reducir el poderío económico de la iglesia quitándole los bienes; impulsar la economía, y establecer un sistema de justicia apoyado por legislación aprobada por una asamblea representativa. Se promulgó una nueva constitución en 1857, y Juárez asumió el poder. Dicha constitución prohibía la esclavitud y las propiedades de la Iglesia: concedía la libertad de prensa; eliminaba los monopolios y establecía un gobierno democrático representativo.
La República de Chile comenzó su vida independiente en medio de una gran desorganización administrativa. El pueblo veía el cuerpo militar como la única salvación. Bernardo O'Higgins fue designado director del país. Su administración provocó malestar entre el pueblo, al eliminar los títulos nobiliarios, e intervenir en los asuntos eclesiásticos. Fundó escuelas y la biblioteca nacional. Tras ser obligado a renunciar, el país atravesó una época de anarquía durante la cual se abolió la esclavitud. La constitución de 1826 dividió al país en ocho provincias. Con la subida de Prieto al poder, comenzó una época de progreso y de orden. Se les concedió el voto a los varones mayores de veinticinco años que supieran leer y escribir, y, además, tuvieran propiedades. De 1841 a 1851, comenzó la expansión del comercio de las minas de cobre. Con Manuel Montt, el déspota ilustrado, el país continuó su acelerado progreso económico y cultural.
En Argentina, fuertes luchas por lograr la unificación territorial de las diferentes regiones argentinas entre federalistas y centralistas iniciaron la vida independiente de la república. Se convocó un congreso en Tucumán como último intento por salvar la unión pero no tuvo efecto. En 1829, se eligió gobernante a Manuel de Rosas, verdadero caudillo del pueblo. Rosas procuró equilibrar las diferentes clases sociales mientras dominó con mano férrea. En 1852, se presentó una constitución que integraba en un país a todas las regiones del antiguo Virreino de la Plata, hecho que trajo como consecuencia otra guerra civil, ante el rechazo que el documento sufrió entre algunos sectores que se oponían a la integración de un gobierno central. Bartolomé Mitre asumió el poder, seguido por Domingo Faustino Sarmiento, y otra guerra civil. En 1880, Buenos Aires fue proclamada capital de la república. A partir de entonces, se terminó la guerra con los indios, se ocupó y colonizó el desierto, se construyeron líneas ferrocarrileras, se fomentó la agricultura, se establecieron el matrimonio civil y la ley de educación.
Cuba, continuó siendo colonia española hasta 1898, cuando pasó a ser posesión de los Estados Unidos, durante la Guerra Hispanoamericana. El sentimiento separatista se había hecho sentir en la isla, pero Cuba siguió luchando su independencia y la consiguió.

Problemas fundamentales de la vida independiente

Durante el siglo XIX, los gobiernos de los países recién independizados se vieron influidos por las fuerzas militares, la sucesión dinástica en el gobierno, las técnicas de gobierno no delimitadas, los golpes de estado, el exilio de los ciudadanos más capaces, y el constante fracaso de las constituciones
En el momento de tomar las riendas de los nuevos estados americanos, el elemento criollo no estaba preparado para dirigir el país. Las guerras de independencia fueron encabezadas por hombres dedicados a la carrera militar, que dominaban las técnicas de mando pero que apenas poseían cualidades o principios de administración pública. Como consecuencia de sus victorias militares, controlaron las masas populares, y fueron convirtiéndose en caudillos del pueblo, como Simón Bolívar y José de San Martín. Hubo líderes buenos y malos, pertenecientes a todas las clases sociales, del pueblo o de la clase alta, pero todos con algo en común: su preocupación por la patria. La mayoría de las veces, empezaron luchando por causas nobles, aunque terminaran imponiendo su voluntad, por fuerza o por doctrina, para mantenerse en el poder.
El dictador, por lo general, llegaba al poder después de derrocar el régimen existente. Las dictaduras toman auge en América Latina en las cercanías del siglo XIX.
La diferencia entre ambos líderes, el caudillo y el dictador, estriba en la forma en que llegan al poder: el caudillo recibía el apoyo de las masas del pueblo, era un líder natural, y tenía grandes sectores del pueblo incondicionalmente a sus órdenes. Por el contrario, el dictador era un líder que se apoyaba en las fuerzas militares para ejercer el control de la región. Su gobierno, tiránico y totalitario, menospreciaba o ignoraba el poder legislativo. Tanto uno como el otro promovieron inestabilidad política durante los años posteriores a la independencia.
La única excepción fue Brasil ya que, una vez logró su independencia de Portugal, llevó una vida pacífica libre de dictaduras durante todo el siglo XIX. Esta situación permitió al país iniciar una vida independiente más productiva que la de otras regiones. Como resultado, el desarrollo económico que alcanzó el país durante el siglo XIX fue más sólido.


América Latina, Situación Política en el Siglo XX.

En México, el 18 de Julio de 1872 fallece el presidente Lic. Benito Juárez, declarado Benemérito de las Américas, y, tras de ocupar la Presidencia de la República el Lic. Sebastián Lerdo de Tejada, se proclama el plan de Tuxtepec y el 28 de Noviembre de 1876 asume la Presidencia por primera vez el Gral. don Porfirio Díaz , quien, olvidándose de las viejas causas liberales por las cuales combatiera tan brillantemente, principia por establecer una dictadura patriarcal, que si bien da al país 30 años de paz, pronto degenera y crea una casta de privilegiados que se confabulan con la aristocracia de caciques, hacendados y latifundistas que explotan y oprimen al pueblo. Por un período muy corto está en la presidencia Manuel González y en 1880 regresa Porfirio Díaz a ocuparla nuevamente. En las siguiente elecciones estaban, Francisco I. Madero candidato del Partido Antireleccionista en contra de Porfirio Díaz y Madero fue hecho prisionero en San Luis Potosí mientras se realizaban las elecciones. Díaz se reeligió y Madero escapó de la cárcel y se refugio en San Antonio, Texas donde dio a conocer el Plan de San Luis. En él declara nulas las elecciones desconocía al régimen de Díaz, exigía el sufragio efectivo y la no reelección y, señalaba el 20 de Noviembre de 1910 para que el pueblo se levantara en armas contra el tirano.
Al llamado Plan de San Luis, se pronunciaron hombres como Pascual Orozco, Pancho Villa, Emiliano Zapata etc. La insurreción se extendió poco a poco por todo el País. En Mayo de 1911 cayó Ciudad Juárez en poder de los maderístas. Debilitado el gobierno de Díaz entra en negociaciones y el 25 del mismo mes el dictador presentó su renuncia y abandonó el país el 25 de mayo de 1911. La revolución Maderista del 20 de noviembre de 1910 derrotó al dictador Porfirio Díaz y logró sentar en la Presidencia con sufragios efectivos a don Francisco I. Madero. En Coahuila don Pablo González, el viejo magonista, y estando de acuerdo con don Francisco I. Madero y con Venustiano Carranza para lanzarse contra la Dictadura Porfirista, lo hizo pronunciándose al grito de "!Viva Madero!" el 22 de enero de 1911 en el Puerto del Carmen, del Municipio de Nadadores, Coahuila, al frente de muchos después connotados jefes como Francisco Murguía, Cesáreo Castro, Idelfonso V. Vázquez, Teodoro Elizondo y muchos más. Francisco I. Madero inmaculado prócer y mártir de la democracia a partir de los Tratados de Ciudad Juárez del 10 de mayo de 1911 y con la renuncia de don Porfirio Díaz, dejó como presidente interino al Lic. Francisco León de la Barra y al antiguo Ejército Federal porfirista según acuerdos en pie, error tremendo que criticó don Venustiano Carranza: "Revolución que tranza, Revolución que se pierde". Por otra parte, los Porfiristas reclamaban sus antiguos privilegios; los zapatistas exigían el reparto de tierras; la prensa lo atacaba a diario y las rebeliones de Félix Díaz y Bernardo Reyes, independientes entre sí, confluyeron en la llamada Decena Trágica para asentarle el golpe definitivo a Madero.

En Chile, en 1946 ganó las elecciones Gabriel González Videla, líder del Partido Radical, apoyado por una coalición de izquierda cuyos principales componentes eran su propia agrupación y el Partido Comunista. Videla nombró a tres comunistas para ocupar carteras ministeriales, pero la coalición consiguió mantenerse apenas seis meses, ya que los ministros comunistas, con frecuencia enfrentados con los demás miembros del gabinete, fueron destituidos en abril de 1947. Hacia finales del mismo año, Chile rompió relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. En 1948 centenares de comunistas fueron encarcelados en virtud de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que proscribió al Partido Comunista. Poco después fue sofocada una rebelión militar encabezada por el antiguo presidente Ibáñez. Durante los años siguientes fueron frecuentes las manifestaciones sociales y sindicales. En 1951 se produjeron huelgas en casi todos los sectores de la economía. Al año siguiente, la reacción popular contra los partidos tradicionales tuvo como consecuencia la elección del general independiente Carlos Ibáñez, quien restauró el orden en cierta medida, aunque no pudo solucionar los problemas económicos y sociales. En 1958 asumió la presidencia Jorge Alessandri, y propuso un plan de diez años que establecía reformas fiscales, proyectos de infraestructura y la reforma agraria. En 1964 rompió relaciones diplomáticas con Cuba, aunque restableció los vínculos con la Unión Soviética. En 1960, un maremoto y un terremoto sacudieron al país provocando enormes daños y miles de muertos, especialmente en la zona de Valdivia. En las elecciones presidenciales de 1964, el antiguo senador Eduardo Frei Montalva, candidato de la centrista Democracia Cristiana, derrotó a una coalición de izquierdas. Las importantes reformas de Frei, como la nacionalización parcial del sector del cobre (la denominada ‘chilenización del cobre’), provocaron la insatisfacción de algunos sectores de la derecha, lo que desembocó en una violenta oposición política. Al aproximarse las elecciones presidenciales de 1970, la oposición de izquierda se coaligó en la Unidad Popular. Nombró candidato a Salvador Allende quién ganó las elecciones y comenzó rápidamente a cumplir sus promesas electorales, orientando al país hacia el socialismo (con su popular lema "vía chilena al socialismo". Se instituyó el control estatal de la economía, se nacionalizaron los recursos mineros, los bancos extranjeros y las empresas monopolistas, y se aceleró la reforma agraria. Además, Allende lanzó un plan de redistribución de ingresos, aumentó los salarios e impuso un control sobre los precios. La oposición a su programa político fue muy vigorosa desde el principio y hacia 1972 se había producido una grave crisis económica y una fuerte polarización de la ciudadanía. La situación empeoró aún más en 1973, cuando el brutal incremento de los precios, la escasez de alimentos (provocada por el recorte de los créditos externos), las huelgas y la violencia llevaron al país a una gran inestabilidad política. Esta crisis se agravó por la injerencia de Estados Unidos, que colaboró activamente por desgastar al régimen de Allende. El 11 de septiembre de 1973 los militares, dirigidos por el comandante en jefe de las fuerzas armadas, don Augusto Pinochet Ugarte tomaron el poder mediante un golpe de Estado, pereciendo Allende en la defensa del palacio presidencial. (La opinión generalizada es que Allende se suicidó durante el asalto al palacio de la Moneda).

A principios del s. XX, en Argentina se manifestó la necesidad de reformar el sistema político en un sentido democrático. En la presidencia de Roque Sáenz Peña se aceptó una nueva ley electoral que desde 1912 permitió fundamentales renovaciones. Distintos matices de la democracia argentina se personificaron en Juan B. Justo, Lisandro de la Torre e Hipólito Yrigoyen. Éste asumió la presidencia en 1916 como representante de los radicales. Lo sucedió en 1919 Marcelo T. de Alvear, pero en 1928 Yrigoyen volvió al poder. En 1930 un movimiento armado derrocó el régimen constitucional y puso en el poder al general José Félix Uriburu. Varios presidentes se sucedieron en un período turbulento en el que se adoptaron políticas cada vez más conservadoras y autoritarias. Presionado por los Estados Unidos, el gobierno de Pedro P. Ramírez declaró la guerra a Alemania y Japón en 1944. En las elecciones presidenciales de 1946 triunfó el entonces coronel Juan D. Perón, que fue reelegido para el período 1952-1958. Perón impuso en Argentina un sistema político socializante, que fue apoyado por los trabajadores o “descamisados”, donde tuvo mucho que aportar su esposa, Eva Duarte de Perón, este sistema se denominó peronismo . En septiembre de 1955, la revolución encabezada por el general Eduardo Lonardi lo obligó a Juan Domingo Perón a renunciar a su cargo. En febrero de 1958 fue elegido presidente constitucional para el período 1958-1964 Arturo Frondizi, quien no consiguió detener la crisis económica que asolaba al país desde 1950. A partir de 1962, cuando fue destituido Frondizi por las fuerzas armadas, se sucedieron diversos gobiernos militares y civiles. Perón volvió al poder en 1973, y tras su muerte, ocurrida al año siguiente, lo sucedió en la presidencia su esposa, María Estela Martínez. Continuaron aumentando los problemas económicos y los conflictos sociales, y en 1976 un golpe de estado dio el poder a una junta militar, presidida sucesivamente por Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Leopoldo F. Galtieri. El 2 de abril de 1982 las fuerzas armadas argentinas recuperaron las islas Malvinas, en posesión británica. La derrota ante la armada británica trajo como consecuencia la caída del gobierno castrense. Raúl Alfonsín asumió la presidencia en 1983 e intentó infructuosamente sanear la economía nacional, agobiada por la falta de inversiones y el endeudamiento externo. En 1989 las elecciones dieron el triunfo al peronista Carlos Saúl Menem . Su objetivo fundamental fue recuperar la disciplina económica y atraer la inversión. Durante su gobierno se redujo la inflación y la economía se recuperó.
Cuba, desde 1909 la vida política de Cuba se desenvolvió normalmente, con las alternativas de algunos movimientos armados. Desde 1933 se hizo sensible la gravitación política de Fulgencio Batista, triunfante en la revolución del 4 de septiembre de ese año y presidente de 1940 a 1944. Batista volvió a la presidencia en 1952, encabezando un movimiento armado, gobernando desde entonces tiránicamente. En 1956, Fidel Castro desembarcó en la isla, iniciando un movimiento revolucionario que en dos años derrocó a las autoridades constituidas. Castro entró en la Habana en enero de 1959. El primer presidente revolucionario, Manuel Urrutia Lleó, debió renunciar a corto plazo por oponerse a las influencias comunistas dentro de su gobierno. Bajo la presidencia de Osvaldo Dorticós Torrado, Fidel Castro proclamó en 1961 la "República Socialista". Entre las medidas decretadas desde entonces figuraron la reforma agraria, la reforma urbana, la nacionalización de la educación, la reorganización del poder ejecutivo, la supresión de las elecciones y el mejoramiento de la flota mercante. Durante las décadas de 1960 y 1970, Cuba se convirtió en un país satélite de la Unión Soviética, encargándose de exportar la revolución comunista al Tercer Mundo. Al iniciarse los años ochenta, había tropas cubanas en Angola y Etiopía, y Cuba prestaba ayuda a gran cantidad de movimientos guerrilleros en América latina. Para desligarse de su imagen de mero seguidor de la URSS, Castro asumió un papel de liderazgo en el movimiento de países no alineados. La caída del comunismo, primero, y la posterior desaparición de la Unión Soviética (1991) supusieron el aislamiento político y económico de Cuba. En 1993 el presidente Castro anunció medidas para liberalizar la economía, la cual se encontraba sumida en una profunda crisis.


Bibliografía

Enciclopedia Hispánica, Ed. Britannica. Tomo 5.
Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta Tomo 3.
México Profundo, una civilización negada. Bonfil Batalla, Guillermo. Ed. Grijalbo.
Hacia el México moderno: Porfirio Díaz. Roeder, Ralph.
Fondo de Cultura Económica, Fuentes, Carlos. Tomo I y II.
País de un solo hombre: El México de Santa Anna. Gonzalez Pedrero, Enrique.
Nuevo Tiempo Mexicano. Series Nuevo Siglo. Aguilar. México, 1994.
Serie “financiamiento del desarrollo”, Documento N° 117 de CEPAL.

Ricardo Aguilar Cubillos, agosto 2005.-